Publicidad:
Terra
La Coctelera

El Divino Julio II - El átomo que sabía latín

En mi anterior post, remarcaba brevemente la personalidad de este espectacular personaje, que ha calado profundamente en las generaciones siguientes a su muerte, y marcó un antes y un después en el curso de la historia occidental.

Hoy no me dedicaré de lleno a la historia. Pero sí a hacer un guiño al pasado, a un pasado más reciente... A la época de coger los libros y estudiar. En efecto, a la preciada época del instituto. Porque ya que la historia siempre me ha gustado mucho, la ciencia también es una de mis pasiones. Y claro, por aquel entonces (para mí lejísimo) no sólo en clase de historia me defendía notablemente bien, sino las clases de ciencias eran una golosina dulce que me encantaba saborear.

Y es que el profesor ayudaba a amenizarlas, ya que su personalidad divertida hacía que explicara las cosas de una manera atípica pero funcional, pues la mayoría de los alumnos, algunos con pocas luces -la verdad sea dicha-, aprobaban la materia tarde o temprano.

Un día, tras tratar de explicarnos el ciclo de la energía, el hecho de que ni se crea ni se destruye, hubo un desconcierto general en el aula que el maestro solucionó con unas palabras sabias y que a mí, personalmente, en años futuros, me hicieron disfrutar más de la historia, gracias a la ciencia.

Para comprobar aquella premisa, nos aseguró lo siguiente:

-Se tiene constancia que los millones y millones de átomos que forman un ser, ya sea una planta, un animal o una persona, van reciclándose para formar parte de otros seres al paso que estos mueren. Es más: estoy seguro que alguno de vosotros tendrá una molécula que, siglos atrás, perteneció al mismísimo Julio César. Lo mismo pasa con la luz, ya que está igualmente compuesta por átomos.

No era la primera vez que escuchaba esto, la verdad. Sin embargo, lo dijo con tal seguridad, que por aquel entonces no sólo era admirador de César, sino que me aferré a la idea de que yo debía ser el que tuviera aquel átomo. Esto contribuyó en parte a que mi pasión por él me convirtiera en un bicho raro entre mis propios compañeros. Lo ideal, la moda de los adolescentes era y es admirar a cantantes, actores y actrices… Y qué. Yo era y soy fan de Julito. Y no me avergonzaba decirlo, por muchas muecas que me pusieran. Me divertía ver la reacción de la gente.

Varios años después, habiendo leído varios libros sobre su persona, mi admiración por él seguía intacta. Sólo me quedaba hacer una cosa para conocerle más, algo sin precedentes y que marcaría para siempre mi visión del mundo: viajar a Roma, la cuna del Imperio.

Pero este capítulo será en el próximo post.

El Divino Julio

Pocos personajes de la historia han obtenido la calificación o el título de la divinidad. Junto a Alejandro Magno, Julio César fue uno de esos máximos exponentes en la antigüedad, mucho antes que Roma, sumida entonces en una intensa guerra civil, se autoproclamara superpotencia del mundo antiguo.

Él fue consciente de los problemas sociales de un incipiente Imperio que aspiraba a llegar a lo más alto con Augusto, su hijo adoptivo, y tras adoptar varias medidas de financiación y apoyo a los ciudadanos, conspiraron contra él, asesinándolo, por miedo a sus sueños de grandeza de ser emperador, lo cual significa terminar con la preciada república de aquel entonces.

Augusto, sin embargo, cuando llegó al poder, siempre siguió las mismas pautas que su tío abuelo. Incluso, adoptó su apellido y pasó a llamarse Augusto César. Resulta curioso, porque si el mes de julio (mes siete) fue llamado así en honor a Julio César, agosto fue en honor a Augusto, su heredero, el mes ocho.

Fue él quien vió un día en el cielo al cometa Halley y sirvió de este acontecimiento para convertirlo en un hecho profundamente religioso, asegurando que era el alma de Julio César ascendiendo a los cielos.

Desde aquel entonces, Julio César pasó a llamarse El Divino Julio, y Augusto era, cómo no, el hijo del Divino, lo cual le convertía en un personaje muy admirado por la sociedad romana general, incluso para los extranjeros, ya que promulgó leyes en su beneficio.